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(ca) Italy, FAI, Umanita Nova #2-26 - Irán: Crisis Sistémica. Represión y Revuelta Contra la Lógica del Poder (de, en, it, pt, tr) [Traducción automática]

Date Fri, 6 Mar 2026 07:35:52 +0200


En los últimos meses, la situación interna en Irán ha desembocado en una crisis histórica, marcando un punto de inflexión en el largo conflicto entre el régimen teocrático de la República Islámica y una población cada vez más agotada por años de estancamiento económico, debido en gran medida a las sanciones estadounidenses, la represión política y religiosa, y la desigualdad estructural. Las protestas que estallaron la noche del 27 de diciembre de 2025 no son un fenómeno aislado; forman parte de una dinámica de tensiones sociales y geopolíticas acumuladas que demuestran cómo el sistema político iraní ha llegado a una crisis terminal.

A primera vista, el detonante inmediato de la movilización fue económico: el colapso de la moneda nacional, la inflación galopante y la carga insostenible de las sanciones financieras internacionales (principalmente estadounidenses), que han bloqueado aproximadamente 100 000 millones de dólares en fondos iraníes en el extranjero, han desmoronado el tejido productivo y social. Según fuentes internacionales, la inflación ha superado el 50% y millones de personas viven por debajo del umbral de la pobreza, mientras que importantes segmentos de la población luchan contra la escasez de bienes esenciales.

El gobierno y el ejército iraní acusan a las protestas de estar orquestadas por un enemigo externo. Este no es un argumento nuevo para la propaganda del régimen, que utiliza esta retórica para justificar la dura represión y el llamamiento a la unidad nacional. Sin embargo, es indudable que existe un patrón de tensión extremadamente alta entre los estados. Algunos analistas interpretan la situación actual como una continuación indirecta de la guerra de los 12 días de 2025, argumentando que el conflicto con Israel continúa sin declararse. Los propios israelíes han declarado su apoyo a las protestas, mientras que Donald Trump, fortalecido políticamente por las recientes acciones imperialistas en América Latina, continúa amenazando abiertamente a Irán. La respuesta de Teherán es igualmente clara: cualquier ataque implicaría ataques contra bases estadounidenses en la región y quizás contra el propio Israel. Un elemento particularmente significativo de esta fase es el despliegue directo del ejército regular en las calles en apoyo al gobierno, algo sin precedentes en comparación con muchas protestas anteriores. Esto indica que las autoridades ya no ven la disidencia como un problema interno controlable, sino como una amenaza existencial, potencialmente vinculada a la guerra regional que involucra a Estados Unidos e Israel.

Irán experimentó importantes oleadas de protestas en 1999, 2009, 2017, 2019 y 2022, pero la fase actual presenta nuevos elementos. En 2009, la demanda central eran elecciones justas; hoy, el lema suele ser un cambio de régimen, aunque de formas contradictorias. Las protestas parecen tener lugar predominantemente por la noche (aunque las protestas diurnas están aumentando últimamente), adaptándose a un contexto altamente militarizado, y están geográficamente más extendidas de lo que sugieren los datos disponibles.

Las autoridades iraníes han impuesto un apagón nacional de internet a partir del 8 de enero de 2026, cortando el acceso a las comunicaciones digitales como herramienta de control social, y han intensificado el uso de la violencia brutal contra los manifestantes. No solo organizaciones humanitarias como Human Rights Watch, sino también el propio gobierno iraní reportan miles de muertes. Las cifras de heridos y detenidos varían según la fuente, pero aun así son extremadamente altas. Mientras tanto, los medios de comunicación extranjeros intentan documentar los acontecimientos a pesar del silencio informativo. Las imágenes que emergen —aunque fragmentarias, dada la censura— revelan una represión indiscriminada, que incluye disparos contra civiles y detenciones arbitrarias. Esta escalada de violencia pone de relieve la naturaleza de la República Islámica: un aparato altamente militarizado que ejerce el poder a través de un complejo conjunto de fuerzas de seguridad, incluyendo el CGRI, la Guardia Revolucionaria Islámica, que ostenta un cuasi monopolio sobre la violencia "legítima".

Las consignas que resuenan en las calles son variadas —"Muerte a Jamenei", "Basij, Sepah, ISIS: todos sois iguales"—, expresando también una ira que ya no distingue entre los aparatos represivos internos y las lógicas globales de la violencia. Esta equivalencia simbólica revela una conciencia generalizada: el problema no es un único líder o facción, sino todo un sistema fundado en la coerción, la jerarquía y la gestión autoritaria de la sociedad.

Uno de los aspectos más llamativos de la movilización actual es la ausencia de un liderazgo reconocido o de fuerzas políticas tradicionales capaces de dirigirla. Las protestas parecen organizarse horizontalmente, basándose en redes informales, relaciones comunitarias, comercios locales y, cuando es posible, el uso de las redes sociales (internet ha sido bloqueado prácticamente por completo en los últimos días). Esta estructura refleja tanto una decisión política implícita como una necesidad material, ya que casi todas las organizaciones de base han sido sistemáticamente destruidas por el régimen a lo largo de los años. En este escenario, algunos sectores dentro del régimen intentan proponer una interpretación "reformista", presentándose como una alternativa moderada al colapso. Sin embargo, esto es un intento transparente de reutilizar a las mismas élites bajo nuevas etiquetas, una estrategia bien conocida que busca preservar el orden existente cambiando únicamente su estética (nuestro Leopardo).

Al mismo tiempo, Reza Pahlavi, hijo del último Sha (Rey), intenta apropiarse simbólicamente de las protestas. A pesar de contar con algunos partidarios, la mayoría de los cuales residen en el extranjero, su figura sigue ligada a un pasado autoritario y a una clara postura proestadounidense. El hecho de que hoy algunas voces pidan un "retorno a la monarquía" no refleja una auténtica nostalgia popular, sino más bien el vacío político creado por décadas de represión, en el que cualquier alternativa se presenta como preferible al statu quo.

Geopolíticamente, Irán se percibe como un actor clave en Oriente Medio, no solo por su programa nuclear y su influencia sobre las milicias aliadas (Hezbolá, milicias chiítas en Irak y Siria), sino también por sus relaciones con potencias globales como Rusia y China. La intervención de Estados Unidos, Israel o sus aliados, si bien actualmente parece una amenaza algo menor, sigue siendo posible.

El análisis general tiende a interpretar la crisis como un riesgo para la estabilidad regional y los mercados energéticos, haciendo hincapié en la dinámica del equilibrio de poder entre las potencias rivales. Según algunos informes, la inestabilidad iraní podría afectar a los precios del petróleo y a la seguridad del Estrecho de Ormuz, un centro crucial para las exportaciones energéticas mundiales. Pero esto podría, sin duda, tener consecuencias negativas adicionales para las economías china y rusa, así como para Europa, contradiciendo así lo que actualmente parecen ser los intereses estadounidenses.

La crisis iraní no es simplemente una lucha entre gobiernos y manifestantes, ni un fenómeno al que se puedan aplicar paquetes de reforma democrática importados. Más bien, revela los profundos límites del poder estatal y las estructuras jerárquicas que dominan las sociedades modernas.

El Estado teocrático iraní no es una entidad neutral de la que se pueda obtener mayor libertad, sino un aparato coercitivo basado en el monopolio de la violencia y la gestión burocrática de la sociedad. Las desigualdades económicas y la falta de autonomía social no son accidentales, sino que tienen su raíz en el funcionamiento mismo del Estado y del capitalismo global. Las protestas de 2025-2026 no son un estallido repentino de agresión, sino una expresión de profundos deseos de autodeterminación, solidaridad comunitaria y rechazo a las jerarquías impuestas desde arriba.

Movimientos como Mujeres, Vida, Libertad en Irán representan mucho más que una simple oposición reformista: encarnan una crítica radical a los fundamentos mismos del poder. Vinculan las demandas de libertad individual y colectiva con la lucha contra múltiples opresiones —de género, económicas, étnicas y políticas— en una visión que rechaza toda forma de dominación.

Esta es también la postura del Frente Anarquista Iraní (Frente Anarquista), fundado en 2009 mediante la fusión de La Voz del Anarquismo y La Era del Anarquismo, activo principalmente en Irán y Afganistán. En una entrevista con freedomnews.org.uk el 5 de enero, el Frente describió las protestas como genuinas (y sin guía), reconociendo la presencia de influencias externas, pero rechazando la idea de que sean la causa raíz. Para los anarquistas iraníes, la raíz del levantamiento es sin duda económica, pero sobre todo política y estructural: una rebelión contra la lógica misma del poder. Un miembro del Frente, Afshin Heyratian, se encuentra actualmente detenido en la prisión de Evin, un símbolo histórico de la represión política en Irán. El Frente se opone firmemente a cualquier intervención occidental, estadounidense o israelí y no se define como una organización militar. Sin embargo, no descarta la posibilidad de reorganizarse si las circunstancias lo requieren.

Los anarquistas esperamos que el objetivo de este movimiento revolucionario no sea reemplazar a una élite gobernante por otra, ni utilizar el aparato estatal para proteger los derechos civiles. Dado que el Estado moderno se basa en la división vertical del poder y la dependencia de la violencia institucionalizada, la verdadera emancipación solo se logra mediante la construcción de formas de autoorganización horizontales, cooperativas y radicalmente democráticas, capaces de romper con las estructuras coercitivas tradicionales. En otras palabras, la revolución no se trata simplemente de derrocar a los gobernantes, sino de superar las propias estructuras de poder estatal que los produjeron.

La crisis iraní, por lo tanto, parece tener múltiples facetas: es una lucha interna por el poder, una cuestión de dinámicas geopolíticas globales y, al mismo tiempo, un reflejo de las tensiones insostenibles generadas por el Estado y el capitalismo contemporáneo. Los acontecimientos que se están desarrollando tienen un peso que trasciende las fronteras nacionales, ya que ponen en tela de juicio no solo un régimen autoritario, sino el concepto mismo de legitimidad política basada en la coerción. La sinergia entre la protesta social generalizada y la crítica radical a la autoridad podría, si se cultiva con conciencia y solidaridad internacional, representar no solo un cambio de gobierno, sino el inicio de una transformación radical de la sociedad iraní y, por extensión, de las estructuras de poder a nivel mundial.

Gabriele Cammarata

https://umanitanova.org/iran-crisi-sistemica-repressione-e-rivolta-contro-la-logica-del-potere/
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