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(ca) Spaine, Regeneracion: Franco murió, pero el franquismo no - Cincuenta años de una transición orquestada por el fascismo español Por liza (de, en, it, pt, tr)[Traducción automática]
Date
Tue, 13 Jan 2026 08:11:53 +0200
Colorín colorado, este cuento se ha acabado... ese parece ser el
descafeinado final de una dictadura criminal impuesto por el relato de
la Transición, que no es más que el relato pactado por las élites
dominantes en el Estado español. El régimen franquista fue el proyecto
de la burguesía nacional apoyada por el capitalismo internacional que,
en distintas fases, protegió sus intereses económicos consolidando una
dictadura en torno a la figura de Franco como garante de ese orden
sangriento.
La muerte de Franco poco antes de las 9 de la noche del 19 de noviembre,
marcaba el punto de inflexión de un proceso ya iniciado años atrás. Se
estaba pactando una clausura idílica del Franquismo desde, al menos, el
año 1968, escondiendo posteriormente un proceso complejo de continuidad
reformada. Mismos perros, pero también mismos collares.
Bajo el relato oficial, presentado como una proeza de consenso y
moderación democrática, se ocultó una gran lógica política de fondo: la
necesidad de las élites económicas, políticas y militares consolidadas
tras 1939 de reorganizar su hegemonía ante un contexto internacional y
social que hacía inviable la continuidad de una dictadura que había
cumplido ya su papel como garante de sus privilegios. El fascismo
español había hecho ya su función, pero ni se bajaría el telón, ni se
marcharía de la escena, se le otorgaba un papel protagonista como
consolidador y fuerza de choque hasta la actualidad.
Si podemos encontrar una cuestión común a lo largo del siglo XX español,
desde la monarquía de Alfonso XIII, la dictadura de Miguel Primo de
Rivera, la Segunda República española, el Franquismo, y el régimen
monárquico actual; es el poder económico detentado en manos de
prácticamente las mismas familias y fuerzas vivas del capitalismo
patrio. La Transición española debe entenderse no como una ruptura, sino
como una recomposición del poder, donde buena parte de las élites
franquistas y los intereses económicos dominantes conservaron posiciones
clave remodelando el sistema institucional.
Cuarenta años de Franquismo, el fascismo marca España
El régimen franquista nacía directamente del poder otorgado por el golpe
militar de julio de 1936, y ampliado a todo el territorio mediante una
guerra de exterminio contra la clase trabajadora y las fuerzas
populares. Fue, desde el inicio, un proyecto con un objetivo
antirrevolucionario al servicio de las élites económicas y militares de
la España oligárquica, adelantándose al realista potencial de triunfo si
el movimiento obrero organizado hubiese pasado a la ofensiva total de
construir un poder popular de clase. No fue una tragedia histórica,
tampoco un conflicto civil entre hermanos, ni un estallido de violencia
sin dirección: fue la apuesta consciente y planificada de
terratenientes, grandes industriales, jerarquía eclesiástica y mandos
del ejército para aplastar una posible victoria de las fuerzas populares
revolucionarias, que ponían en contundente riesgo la estructura de poder
construida durante siglos. El golpe militar no fue contra el gobierno
republicano, sino que la violencia se dirigía hacia la clase obrera, y
ese es el primer punto que debemos tener claro en una revisión
revolucionaria. No existían dos Españas, sino dos clases sociales
antagónicas, la dominante, y la explotada.
El proyecto previo de la burguesía española fue construir un gobierno
republicano y socialdemócrata como apagafuegos al crecimiento del
movimiento obrero, y ese gobierno republicano, demostraría con una
sencilla revisión histórica, que habría sido el particular terreno de
preparación y desarrollo del fascismo español. La victoria franquista en
1939 reeditaba un Estado autoritario, militarizado y de terror
psicológico, y físico, basado en la represión sistemática, la censura,
el control social y la destrucción de cualquier forma de organización
obrera. El aparato estatal -desde la Iglesia Católica a la Guardia
Civil, desde el Movimiento Nacional a los tribunales militares- funcionó
como un engranaje perfectamente coordinado para garantizar la
restauración brutal del orden capitalista más reaccionario tras la
revolución social del pueblo. El Franquismo no se limitaba a
disciplinar: aspiraba a moldear una sociedad obediente, golpeada y
sometida, donde toda disidencia política o sindical fuese considerada un
delito contra la nación.
En la primera fase el Franquismo extendió el exterminio de decenas de
miles de integrantes de la clase trabajadora, y su proyecto estaba
alineado férreamente con el fascismo italiano y el nazismo alemán; que
tomaron la iniciativa de ofensiva hasta 1943 en el conflicto mundial.
Durante los años cuarenta el régimen fue virando para distanciarse de la
Alemania nazi, y sobrevivir al nuevo reordenamiento global de las
potencias vencedoras. El Franquismo fue tolerado, y tomado como baluarte
político en Europa contra el marxismo. Evitando otorgar concesiones
sociales y políticas, el capitalismo imperialista desarrollaba nuevas
estrategias para aplastar a los movimientos obreros nacidos de la lucha
en el conflicto mundial contra los fascismos.
Esos años cuarenta y los primeros cincuenta, estuvieron marcados por el
modelo económico autárquico que impuso el Franquismo y que proyectaba a
los grupos empresariales afines al régimen, hundiendo al país en el
hambre y la miseria mientras consolidaba un capitalismo oligárquico
protegido por el Estado. La represión de posguerra, con cientos de miles
de encarcelados, deportados, fusilados y depurados, no fue un «exceso»,
sino el pilar sobre el que se edificó la estabilidad del régimen y, en
cierta medida, el retorno a las estructuras políticas normalizadas por
el capitalismo. La clase trabajadora quedó sometida a un sindicalismo
vertical obligatorio, diseñado para neutralizar cualquier capacidad de
conflicto y asegurarse la subordinación al régimen.
La Guerra Fría permitió a la dictadura un lavado internacional: el
anticomunismo se había convertido en el salvoconducto. Estados Unidos y
las potencias occidentales integraron a España como pieza funcional del
bloque capitalista, abriendo la puerta a la tecnocracia, al
desarrollismo y a una «modernización» controlada que jamás cuestionó las
bases del poder. El Plan de Estabilización de 1959 coincidía con la
visita del presidente estadounidense Eisenhower, y el crecimiento
económico de los años 60 no fue en absoluto un despegue neutral:
consolidaron a nuevas facciones de la burguesía, reforzaron
desigualdades y utilizaron la emigración masiva a Europa como válvula de
escape social. La represión se volvió más selectiva, pero no menos efectiva.
A lo largo de esas cuatro décadas, el Franquismo mutó, pero no cambió
jamás su naturaleza: fue siempre un régimen militarista y ultracatólico,
que defendía los intereses de clase burgueses y aseguraba la continuidad
de la explotación económica y política de las élites empresariales. Las
luchas obreras, estudiantiles y vecinales que surgieron, fueron
respondidas con una violencia perfectamente calculada parta no permitir
erosionar su legitimidad. Las leyes represivas, el Tribunal de Orden
Público, la Guardia Civil y la Brigada Político-Social de la policía,
actuaban como aparato principal del control y el castigo.
La Transición: un pacto de silencio y reforma de la oligarquía desde arriba
Muy lejos de suponer ninguna ruptura impulsada desde la base, la
Transición fue el resultado de un pacto de la élite oligárquica
española. Una parte de la vieja guardia franquista entendió que sostener
el régimen tal cual era se hacía incompatible con su integración en los
mercados europeos y con el control de una clase trabajadora altamente
movilizada desde 1968. Por eso, optaron por dirigir ellos mismos la
evolución del régimen. Debían preservarse las estructuras del aparato
estatal nacido de 1939, se mantendría intacta la jerarquía judicial y
policial; además de garantizarse la continuidad monárquica designada por
Franco en quien sería coronado como Juan Carlos I. No se desmontaba el
armazón autoritario que se heredaba, solo se le otorgaba un cambio de
look, para adaptarlo a las normativas represivas y de control social
constituidas por las democracias imperialistas occidentales.
El movimiento estudiantil eclosionado en 1968, se había aliado con las
demandas de la clase trabajadora, y funcionaba como catalizador de un
cuestionamiento profundo al régimen franquista. Las asambleas y huelgas
universitarias se solidarizaban con las luchas obreras. Mientras tanto
se intensifica la preocupación por la insurgencia política y armada
representada por organizaciones como ETA, FRAP, y más tarde MIL que, si
bien no representan una amenaza real al poder estatal, sí que son un
desafío simbólico a su capacidad de control total. Se abren grietas en
la narrativa legitimadora del Franquismo, lo cual conduce a un repunte
en la represión y a su sofisticación; comenzando a idear un plan de
reformas pactadas desde arriba.
La ejecución de Carrero Blanco en diciembre de 1973, fue el golpe
simbólico al régimen franquista que se necesitaba para poner en marcha
toda la Transición que ya se venía fraguando desde el inicio de esa
década. A los sectores más reacios a la reforma pactada desde arriba
había que domesticarlos, no se destruiría su estructura, solo se
liquidaba el plan de un franquismo sin Franco pero con franquistas
puros. Las élites económicas y políticas asumen una recomposición en el
bloque de poder, y se arma una transición que neutralice al movimiento
de clase trabajadora. Las luchas obreras estaban viviendo un crecimiento
explosivo, decenas de miles de trabajadores desbordan el sindicalismo
vertical, y se genera un potencial contrapoder social de coordinadoras y
comisiones, huelgas y asambleas masivas en barrios obreros. Por lo que
esa Transición debía abordar como objetivo principal la desactivación de
ese sujeto político que estaba construyendo al margen de los canales del
régimen.
En este contexto, el papel internacional también pesa mucho; y los
Estados Unidos, a través de la CIA, busca garantizar un aliado estable
en la OTAN y fiel a los intereses imperialistas. De ahí la operación de
«reciclaje» de la socialdemocracia parlamentaria en el Congreso de
Suresnes (1974), desde el que emerge un PSOE rejuvenecido, moderado y
funcional al nuevo proyecto. El PSOE, a través de Felipe González, es
seleccionado como el actor ideal para ofrecer una salida controlada,
capaz de seducir a sectores jóvenes y urbanos sin poner en riesgo la
estructura económica del Franquismo. De esta manera se evitaba una
escalada como la Revolución de los Claveles portuguesa, donde se tuvo
que actuar de manera más decisiva para evitar una ruptura que
desestabilizara los intereses capitalistas.
La ofensiva neorreaccionaria se combate con organización de clase
Los aparatos franquistas no se depuraron, y la represión seguiría
activa, siendo asesinados en ese periodo centenares de trabajadores. En
1975, cuando Franco murió, el franquismo no estaba agonizando, tan solo
cumplió su funcional ciclo histórico. La dictadura que nació como
proyecto antirrevolucionario, dejaba tras de sí una matriz que se ha
mantenido intacta hasta la actualidad, porque Franco murió, pero no el
Franquismo.
La pervivencia del fascismo español es evidente no solo en las
instituciones, sino en la agenda social y los medios de comunicación a
través de sus ramas partidistas, colectivos, y grupos criminales. La
memoria histórica antifascista debe actuar como un elemento activo, no
para cubrir de homenajes el pasado, sino para mantener viva la lucha
actual contra la dominación y la reacción. La resistencia al fascismo no
es un acto de nostalgia, sino un deber de justicia histórica sobre la
base de la conciencia de clase.
Para romper las cadenas de lo atado y bien atado hace falta estrategia y
lucha revolucionaria, la confrontación contra el fascismo de ayer y de
hoy, es la lucha contra el capital, por lo que un frente antifascista
debe contemplar en cualquier caso una organización revolucionaria contra
el capitalismo. La connivencia ya probada del liberalismo y la
socialdemocracia, siempre acaban abriendo las puertas a la expansión del
fascismo, porque no atajan de raíz su esencia, el sistema de explotación
capitalista. La construcción de alternativas reales de emancipación y
estrategias de intervención sobre la cotidianidad condicionada por la
explotación económica es el camino frente a la extrema derecha.
En el siglo XXI estamos viendo cómo tras el avance de derechos de las
mujeres, de migrantes y de la comunidad LGTBIQ+, conquistados por las
luchas políticas, así como el incremento de las luchas de trabajadores;
está habiendo una gran ofensiva reaccionaria debido a una crisis
orgánica del capitalismo y del imperialismo global. La narrativa y las
acciones de Donald Trump, Bukele o Marine Le Pen, atacan directamente a
toda la sociedad y fomentan una retórica de nacionalismo, orden y seguridad.
En definitiva, ese régimen de la Transición española, apuntalado por la
Constitución de diciembre de 1978, consolidaba un modelo de explotación
capitalista, fundamentado en el nacionalismo español de mentalidad
históricamente colonialista e inquisitorial. Solamente una estrategia
integral de lucha anticapitalista y por el socialismo libertario, es la
única garantía de vencer al fascismo. Contra la barbarie fascista:
construyamos la utopía.
Ángel Malatesta, militante de Liza Madrid.
https://regeneracionlibertaria.org/2025/12/16/franco-murio-pero-el-franquismo-no/
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